Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El registro del convento siguió y podía asegurarse que no quedó un rincón que no fuera cuidadosamente examinado.

Cerca del anochecer fray Ángelo entró a su celda llevando debajo de su hábito una cestilla.

Cerró por dentro la puerta y se dirigió al armario.

Abrió, sacó la ropa y los libros, movió el tablero y penetró por la puertecilla secreta.

—Don Fernando, don Fernando, tomad —dijo— tomad.

—Gracias —exclamó don Fernando— cuánto os agradezco este trabajo, ¿qué ha sucedido con mis perseguidores?

—Hánse instalado en el convento y han tomado todas las avenidas; están seguros, según dicen, de que estáis aquí.

—Casi casi estoy por dejarme coger prisionero.

—Dios nos ampare.

—Sí, mejor quisiera morir; me siento aquí muy mal; quizá la falta de aire, la incomodidad, pero la cabeza me duele horriblemente, los oídos me zumban de una manera triste; en medio de la oscuridad veo como llamas que pasan ante mis ojos, y yo conozco que me he desmayado varias veces.

—¡Oh! qué malo está eso; a ver, alargadme la mano; algo entiendo yo de achaques de medicina.


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