Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Fernando extendió el brazo y el fraile que estaba en la escalera con la canastilla le tomó el pulso.
—¡Oh! calentura, fiebre muy fuerte, muy fuerte; ya no os dejo la cesta, que seríais capaz de comer y esto os haría morir.
—Tengo sed.
—Sí, el agua se os quedará, pero los manjares no.
Y alargó a don Fernando un garrafón de agua que el desgraciado llevó a sus labios.
—Ahora os dejo, pero mañana temprano volveré con un médico, porque vuestra situación es delicada.
Fray Ángelo volvió a bajar a su celda, pero toda la noche permaneció abierta la puertecilla secreta y fray Ángelo en vela.
A cada momento se llegaba al armario y subía dos o tres escalones para preguntar a Valenzuela por su salud.
—Mal sigo, mal sigo —contestaba don Fernando, y fray Ángelo hacía un gesto de tristeza.
Amaneció al fin, y el fraile habló a Valenzuela.
—Don Fernando —le dijo— voy a dejaros; mi ausencia acaso será larga porque voy en busca de un cirujano de toda mi confianza; tened paciencia, quizá muy pronto se irá esa tropa y podréis salir.
—Haced lo que os plazca —dijo débilmente don Fernando.