Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Fray Ángelo volvió a cerrar cuidadosamente el armario, y tomando un bastón, salió con tranquilidad del monasterio.
Aquella mañana fue horrible para don Fernando; enfermo, sin auxilios, sin cuidados de ninguna especie, no le era posible sentir ninguna clase de alivio.
Por otra parte, estaba por decirlo así, prisionero entre la bóveda y el artesonado; no tenía libertad en sus movimientos ni podía tomar una postura cómoda.
Todo aquello reunido era un tormento espantoso.
Fray Ángelo no volvió en toda la mañana, y la enfermedad de Valenzuela era grave; tenía perdido el conocimiento y el delirio se había apoderado de su cerebro.
En aquella horrible oscuridad, su imaginación extraviada le hacía ver los cuadros más deliciosos de su vida pasada.
Ya era la cámara de doña María Ana de Austria, las bujías perfumadas iluminaban aquella estancia; la reina estaba allí delante de él, bella, amante, con su mirada dulce, con su sonrisa seductora; le llamaba, le tendía los brazos. Valenzuela hacía un esfuerzo, levantaba la cabeza, pero en aquel momento sentía un golpe y un dolor agudo en la frente, era que había chocado contra la bóveda.