Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Un rayo de inteligencia brillaba por un momento en su cerebro, recordaba su situación, lanzaba un gemido y volvía a caer en el delirio.
Algunas veces le parecía estar en el bosque del Escorial: los perros ladraban, los monteros les animaban con sus voces; sonaban las trompas; el rey aparecía armado de una escopeta, y entonces él, Valenzuela, se figuraba que era el ciervo y el rey le perseguía; le perseguía y era aquella una carrera fantástica, era como si la tierra se deslizara rápidamente debajo de sus pies, y volvía el rostro y siempre el rey, el rey.
De repente sonaba un tiro; Valenzuela llevaba la mano a su pecho, y a su queja de angustia respondía una carcajada estridente, y esta carcajada se repetía por todos los ángulos del bosque y por todas partes veía Valenzuela el rostro de doña Inés que reía de una manera infernal.
Pero todo aquello parecía que le pasaba al medio día, bajo un sol abrasador, porque sentía una sed horriblemente espantosa.
Bebía sin cesar del agua que le había dejado fray Ángelo, pero el agua se agotó y entonces creció el martirio; era ya casi la desesperación.
En la tarde volvió fray Ángelo y le acompañaba un hombre, que según lo que el religioso le decía era el médico que venía a curar a don Fernando.