Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Pues pase.
El médico haciendo un gesto entró y subió las escaleras hasta llegar a donde estaba Valenzuela.
—NecesÃtase luz —dijo el médico.
—Tráigola aquà —contestó fray Ãngelo presentándole una bujÃa.
El médico acercó la luz al rostro de Valenzuela y le reconoció inmediatamente.
—¡Ave MarÃa! —exclamó.
—¿Qué hay?
—Nada, sino que la fiebre es muy grave y necesito grandes medicinas.
—Quizá las haya en el convento.
—No, necesito ir por ellas a Madrid: esto es muy grave; este hombre está enteramente fuera de sÃ.
—En ese caso…
—Abajo hablaremos.
Fray Ãngelo bajó y el médico en pos de él, don Fernando como un tronco muerto, apenas hablaba delirando, y nada comprendÃa de cuanto pasaba en su derredor.
—¿Qué opina vuestra merced?
—Opino que de no asistirse ese hombre con cuidado y en otro lugar que no sea ese, de morir tiene muy pronto.
—¿Pero por ahora qué se necesita?
—Un medicamento que voy a traer; tengo abajo mi mula y voy…