Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Como le parezca mejor a vuestra merced.
El médico tomó su sombrero y fray Ángelo hizo ademán de seguirle.
—No me acompañe vuestra paternidad, que sé el camino y no hay para qué se moleste.
Fray Ángelo quedó en la puerta de la celda y el médico se alejó por los claustros.
El príncipe don Juan de Austria había encargado de la prisión de Valenzuela a don Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, y le acompañaron el duque de Medina-Sidonia, el marqués de Valparaíso, don Fernando de Toledo y otros con cosa de doscientos jinetes.
Don Fernando era muy querido en el convento, de tal manera que el prior había dispuesto ya de antemano con fray Ángelo el lugar en que debía ocultarse Valenzuela en caso de que viniesen a prenderle.
Don Antonio de Toledo y sus compañeros sabían a no dudarlo que Valenzuela estaba en el Escorial y por eso buscaron con una especie de rabia, sin perdonar lugar, ni aun de los más sagrados; pero como hemos visto, todo fue inútil.
Sin embargo, determinaron permanecer en el Escorial.
Don Antonio de Toledo mostraba un vehemente deseo de aprehender a don Fernando y una desesperación por no haberlo conseguido.