Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Aquella muchacha, que era casi una niña, tenía dos hermosísimos ojos pardos; su cabello castaño estaba recogido dentro de una sucia y vieja redecilla; mostraba la palidez de la miseria, y sin embargo, era lo que puede llamarse una muchacha bonita y graciosa.

—¡Ah! ¡La Apipizca! —exclamó el Camaleón.

—La misma, buen mozo, y vengo mojada hasta los huesos.

—Tú tienes la culpa por haber venido tan tarde —dijo el Pinacate—, no te hubiera caído el agua.

—Cierto que no, porque no debía yo haber emprendido la marcha mirando que venía la tempestad, pero esta maldita costumbre de buscar a los amigos, y que mi madre se durmió tarde.

—¿Ya se durmió?

—Sí, la dije que venía a veros, y me contestó: «Hasta que yo me duerma, que no me agrada estar sola», la compré su aguardiente, y a poco se durmió.

—Vaya en paz, ¡ojalá y no despierte nunca! —dijo el Camaleón.

—Deslenguado, calla, que es mi madre —contestó la muchacha dándole graciosamente un golpe con su manita en la boca.

—Vamos siéntate cerca de las llamas para secarte.

—Yo aquí —dijo la muchacha, y se sentó al lado del Camaleón.


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