Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Los truenos de mayo —contestó otro en el mismo tono: la tempestad está encima.
—Lo siento, porque quizá no pueda venir el Señorito, y hemos perdido aquà la noche, pero el Camaleón dijo que vendrÃa…
—Asà me lo aseguró —dijo un hombre rubio de ojos claros, cargado de hombros, y que no habÃa hablado aún— y cuando el Señorito dice una cosa la cumple.
—Menos cuando no —dijo un negro atezado, removiendo el fuego.
—Miren con lo que sale el Pinacate —contestó el Camaleón— ¿y qué cosa no te ha cumplido?
—Prometió sacarnos de pobreza —dijo el Pinacate.
—Y lo cumplirá —contestó el Camaleón.
—SÃ, eso sucederá algún dÃa, pero será cuando ya chifle mi calavera.
—Ya veremos, lo que es por esta noche me ha dicho que viene y vendrá.
—Santas noches, señor Camaleón y compañÃa —dijo a ese tiempo una voz dulce y melodiosa detrás de aquellos hombres.
Todos volvieron el rostro y vieron avanzar a una muchachilla como de dieciséis años, pobremente vestida, sin zapatos, con un pedazo de lienzo azul por todo abrigo, y completamente empapada.