Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Era un aposento largo y no muy estrecho, sin artesón ninguno; las paredes sucias y en algunas partes cubiertas también de musgo, indicaban que penetraban allí la lluvia y el viento.

En medio de aquel aposento ardía una hoguera en derredor de la cual cinco o seis hombres sentados en adobes y piedras arrancadas de la pared, más bien que conversar parecían entretenerse en contemplar la caprichosa figura de las llamas.

Aquellos hombres estaban no pobre, sino miserablemente vestidos.

Ninguno de ellos hablaba, y sólo de cuando en cuando se escuchaba el golpe de una raja de leña que alguno arrojaba a la hoguera para alimentarla, o la exclamación que alguno lanzaba cuando una bocanada de viento entrando por la ventana hacía arremolinar las llamas y llenaba el aposento de un humo denso y sofocante, y entre el cual caminaban algunas chispas brillantes.

Así permanecieron largo tiempo, hasta que se oyó el ruido de la lluvia que comenzaba a desprenderse con grande abundancia.

El resplandor de un relámpago, seguido casi inmediatamente de un gran trueno, vino a sacarles de su meditación.

—¡Cómo ha caído el rayo! —dijo uno de ellos con negligencia y como preocupándose muy poco de la tormenta.


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