Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La mayor parte de los techos habían caído, los pavimentos estaban cubiertos de tierra en la que crecían malvas y otras yerbas silvestres; las paredes que no estaban derribadas tenían un color sepia, y cruzadas por grietas inmensas, en donde brotaba también la yerba y se albergaban las sabandijas.
Aquella casa tenía dos pisos, y en el patio principal se conservaba todavía la escalera cubierta de musgo que conducía a las habitaciones superiores.
Apenas se veían batientes en algunas ventanas, y la puerta principal estaba casi tapiada con adobes, no dejando para entrar sino una especie de postiguillo, que se cercaba con unos trozos de madera que eran seguramente fragmentos de las vigas de las habitaciones.
El viento, penetrando en las piezas desiertas y en los ámbitos del patio y de los corredores, producía un rumor triste y pavoroso.
Sin embargo, aquella casa estaba habitada, y en uno de los aposentos interiores brillaba una luz, que agitada constantemente por el viento, formaba una especie de relámpagos y arrojaba de cuando en cuando un vacilante resplandor sobre las ennegrecidas paredes del patio.
Aquella estancia iluminada estaba en el piso alto y al término de la escalera.