Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En este momento se oyeron los pasos de un hombre que subÃa la escalera.
—El Señorito —dijo el Camaleón.
Todos se levantaron y penetró a la estancia un hombre sacudiendo violentamente su sombrero.
El recién venido era un joven como de veinticinco años, moreno, de grandes ojos negros, bigote corto y atusado, labios delgados y dientes blancos, pero que por la configuración de la boca siempre se descubrÃan aunque el individuo no se sonriese.
VestÃa de negro según la costumbre de aquellos tiempos, y ostentaba en el talabarte espada, daga y pistola.
—¡Maldita noche! —dijo— negra como el alma de Satanás: a ver, Pinacate, un asiento cómodo cerca de la lumbre.
El Pinacate obedeció sin replicar.
—Vamos, Camaleón sacude mi ferreruelo y mi sombrero.
El Camaleón recibió el sombrero y el ferreruelo.
El joven se sentó cerca de la lumbre, y descubriendo entonces a la muchacha, exclamó:
—¡Ah! ¿Tú también aquÃ, buena moza? Ven a sentarte aquà conmigo, ya estás perdida, pero no le hace; siéntate aquÃ, te haremos cariños, no se me olvida nunca que fuiste mi amorcito.