Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La muchacha con gran desparpajo tomó asiento junto al Señorito, el joven la pasó el brazo al derredor del cuello, la hizo una caricia, y luego dirigiéndose a los demás, les dijo:
—¡Ea! a sus lugares, y hablemos.
Todos volvieron a sentarse al derredor de la hoguera pendientes del joven que se entretenÃa en acariciar a la Apipizca.
La muchacha recibÃa aquellas caricias, con una desenvoltura repugnante.