Las dos emparedadas

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II

De quién era el Señorito y de lo que trataba con la mala gente en la casa de Tlaltelolco

La lluvia seguía cayendo en abundancia y produciendo un rumor triste sobre los techos inválidos de la arruinada casa.

El viento había cesado, pero los relámpagos, los rayos y los truenos eran a cada momento más frecuentes.

El Señorito, como le habían llamado aquellas gentes, tomó la palabra con todo el aplomo de un gran orador, y sin separar su brazo del cuello de la Apipizca, comenzó su discurso.

—Hace ya muchos días —dijo— que estamos en espera de una oportunidad para hacer cambiar nuestra suerte: vosotros debéis estar pobres, y a mí comienzan ya a escasearme los recursos.

Todos movieron la cabeza en señal de asentimiento.

—Pero he aquí —continuó, el Señorito— que se nos viene a las manos uno de esos buenos negocios, uno de esos lances que nos puede sacar de apuros por muchos años: ¿estáis listos para ayudar?

—Sí —dijo el Camaleón.

—Se trata de dar un golpe al rico marqués de Río Florido que tiene en sus cajas muchos pesos, muchas onzas, muchas alhajas y una soberbia vajilla de plata. ¿Qué tal bocado?


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