Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los ojos de aquellos hombres despidieron un relámpago como si hubieran tenido delante todo aquel tesoro.

La muchacha acarició con ternura el rostro del Señorito: aquella noticia la había vuelto amorosa.

—Pero el negocio tiene sus dificultades; el marqués es hombre muy precavido, y a lo que se dice, valiente; la servidumbre no es numerosa pero sí fiel, y sería preciso dar una batalla si quisiéramos tomar la plaza por fuerza.

—¿Entonces?… —dijo uno.

—Oíd, que llevo ya andada la mitad del camino, porque soy como jefe de esta empresa, y tengo de hacer lo más.

Los hombres se movieron como para escuchar mejor, la Apipizca se acercó más al Señorito y el Pinacate arrojó a la hoguera otra raja de leña.

El ruido de la lluvia continuaba, y dentro de la estancia sonaba monótono el golpe del agua que filtrándose por el viejo techo caía acompasadamente sobre el pavimento.


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