Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Como sabéis, nadie conoce en México mis relaciones con vosotros, y yo paso en la ciudad por don Guillén de Pereyra, que vive de sus réditos y de sus haciendas: esto me abre las puertas de la sociedad y también me ha facilitado entrada a la casa de don Manuel de Medina, marqués de RÃo Florido. El viejo es rico, avaro, y casi misántropo: su hija doña Inés tiene otro carácter; no es ya joven, ni vieja todavÃa, pero es bella, bien formada, y sobre todo, una de las mujeres más ardientes que he conocido; por su edad no está ya en estado de tener galanes, a pesar de que como os he dicho, es fresca y hermosa, pero de seguro que nadie la apetece para su mujer, sobre todo, por las historias que se cuentan aquà de España; yo entré a su casa; por no dejar le dije una galanterÃa, que me gusta, aunque no para esposa; oyóla con agrado, y he aquà que de la noche a la mañana me encuentro en la más ardiente correspondencia con ella, que a decir verdad, tiene lo menos diez años más que yo de vida.
—Seductor —dijo la Apipizca tomando con sus deditos uno de los labios del joven— asà te burlaste de mà cuando era yo inocente.
—Calla, Marta, no hables de eso, que yo también lo era y tanto perdiste tú como yo.
La joven se sonrió de una manera maliciosa y el Señorito continuó: