Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En una gran estancia amueblada con canapés y sitiales de caoba, tapizados de viejo damasco amarillo, tenía lugar aquella reunión.
Dos velones de sebo colocados en los albortantes de dos pantallas esparcían su incierta y escasa claridad, dejando envueltos en sombras los dos extremos de la estancia.
La conversación no era general.
El inquisidor y el mercedario departían con el marqués por un lado, y por el otro, doña Inés cortejaba a don Guillén y a una beata vieja, magra, pálida, con grandes y aguzadas narices y ojos verdes, redondos y saltones. La beata vestía el hábito de San Francisco, y era conocida en el barrio con el nombre de madre Salomé.
El Señorito tomaba allí delante de todos el aire compungido de un ejercitante, aunque a solas con doña Inés era otra cosa.
—Crea vuestra merced, mi señora doña Inés —decía la beata Salomé— que no hay mejor devoción que la del Santo Ángel de la guarda, eficacísimo en todo trance o necesidad.
—Yo tengo particular devoción a mi Ángel —dijo don Guillén lanzando a doña Inés una mirada de inteligencia tan rápida como ardiente, en la que la dama leyó—: ese ángel eres tú.