Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Y todo cerrado siempre, y tantas precauciones para recibir y dejar entrar a cualquier persona como si fuese aquella una plaza sitiada.

Pocas visitas: doña Inés salía algunas veces; el marqués casi nunca.

La vida de aquellas gentes era triste; mucho rezar, comer, dormir siesta.

En las noches una tertulia compuesta de un fraile de la merced, un inquisidor, dos beatas descubiertas de la vecindad, y a última hora nuestro conocido el Señorito.

Pero el Señorito, había puesto, como se decía en aquellos tiempos, una pica en Flandes, logrando ser admitido en la casa. El padre mercedario fue su salvador.

Doña Inés aún era joven, y sus pasiones estaban más exaltadas con el aislamiento. El triunfo de don Guillén no fue difícil.

Doña Inés creyó haber encontrado una distracción en la triste monotonía de su vida.

Don Guillén creyó ver en aquellos amores el principio de una gran fortuna.

Poco a poco fueron encendiéndose aquellos amores hasta llegar al estado en que los ha dejado entrever don Guillén al hablar con los tunos en la casa del Camaleón.

La noche que siguió a aquélla, doña Inés y su padre conversaban con sus tertulianos.


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