Las dos emparedadas

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Por el otro lado, el marqués, el inquisidor y el mercedario, hablaban de las depredaciones de los piratas; sostenían que todos ellos eran unos herejes calvinistas, y echaban la culpa de todo, no a lo mal guardado de las costas, ni al poco celo del almirante y generales encargados de perseguir a los piratas, sino a Martín Lutero que había venido al mundo a crear aquella secta de herejes cismáticos.

Porque para la gente de aquellos tiempos, y sobre todo, para los que vivían en las colonias españolas, los protestantes eran una especie de raza nueva, raza de ogros o de vampiros que había brotado sin saberse cómo al calor de las palabras del reformador.

Aquellas gentes no podían figurarse que los protestantes de quienes oían hablar y de quienes hablaban siempre con tanto horror, fuesen hombres como todos, sino que algo de diabólicamente fantástico les atribuían siempre, por lo menos el olor de la excomunión.

Las conversaciones se animaban algunas veces en la tertulia del marqués, y entonces el inquisidor y el mercedario declamaban y citaban latines.

El marqués les oía con calma, y el otro grupo suspendía su coloquio por algún tiempo para escuchar.

Volvía la calma y volvían las conversaciones a reanudarse.


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