Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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De cuando en cuando el mercedario, que era el de mayor estatura, se levantaba de su asiento, tomaba unas tijeras y una charolita y cortaba el largo pabilo de los velones de cebo.

Dieron las diez de la noche y todos se pusieron en pie, y comenzaron a despedirse cortésmente.

El mercedario se retiró primero, solo; siguióle el inquisidor, a quien esperaba un lacayo con un farolillo, y luego la beata, a quien por ser persona de tanto aprecio, dos criados de la casa iban a llevar en una silla de manos.

Don Guillén salió el último de todos. El marqués se despidió de doña Inés que le besó la mano y se fue a su aposento.

Pero don Guillén no se dirigió a la escalera, sino que protegido por la oscuridad, se ocultó tras una de las columnas del corredor y permaneció allí sin moverse.

Pasó largo rato, hasta que una de las puertas se abrió suavemente, y oyó que le llamaban.

Entonces se deslizó procurando no hacer ruido y llegó hasta aquella puerta en donde le esperaba doña Inés.

—Amor mío —dijo el joven— qué largo y qué triste se me hace el tiempo que transcurre sin poder hablarte.


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