Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Mi dueño —contestó la dama— para mà también es horrible, ¡pero qué quieres! mi padre tiene ahora un genio tan violento y tan susceptible, que he llegado a tenerle miedo; en España me dejaba tanta libertad, y aquÃ…
—¡Qué felices deben haber sido los que te amaban en España!
—Nunca amé allà a nadie como te amo a ti.
—¡Quién sabe!
—Ingrato, ¿eres capaz de dudarlo?
—Por supuesto.
—¿Por qué, mi bien?
—Mira, si tú me amaras tanto como dices, querrÃas estar siempre a mi lado.
—Y quiero, quiero, dueño mÃo.
—No se te conoce aún.
—¿Pero qué quieres que yo haga, mi vida?
—De ti depende que nos veamos más continuamente, con más libertad.
—¿Y cómo?
—Muy fácilmente, yo sé que esta casa tiene una puerta que da a la acequia.
—Es verdad.
—Por ahà podrÃa entrar un amante a quien tú de veras quisieras de todo corazón.
—Alma mÃa, no se puede.
—Porque tú no quieres, ingrata.