Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don José se puso densamente pálido.
—Mentís, porque soy noble, y a los nobles no se les puede dar garrote.
—Ante los astros no hay nobleza.
Don José calló y quedó pensativo, el astrólogo lo contempló un largo rato y luego como conmovido dijo:
—Yo quise evitaros este disgusto, porque saber el mal con anticipación es sentirlo doble; pero vos lo habéis querido, vuestra suerte me apena joven, y quiero ver de remediarla.
—¿Cómo? —preguntó don José alzando el rostro y mirando al viejo fijamente.
—¿Queréis un talismán? quizá os valga, aunque no es infalible.
—Dádmelo —dijo el joven.
El viejo abrió un armario, buscó allí largo rato, sacó un objeto y acercándose a don José le dijo: