Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Hombres, mujeres, muchachos, todos parecían agitados, todos se daban, al parecer, noticias unos a los otros de algún grave acontecimiento: sólo vagamente se podía percibir en medio de aquella confusión, que la multitud repetía:

—¡Los franceses! ¡Los franceses!

—Esto es grave —dijo don Lope—, preciso será salir para averiguar lo que todo esto significa.

—Mala idea me da; que me ha parecido que hablaban de franceses.

—Quizá háyase descubierto alguna cosa.

—No hay que perder tiempo.

—Vamos a ver.

Y sin ninguna clase de ceremonia, los tres tomaron sus sombreros y se salieron a la calle.

He aquí la causa de aquel repentino tumulto.

Don Tomás Antonio Manrique de la Cerda, marqués de la Laguna y virrey entonces de la Nueva España, acababa de recibir tres correos que le anunciaban que los corsarios franceses e ingleses habían desembarcado en Veracruz la Vieja y se dirigían a la Nueva Veracruz.

La noticia de aquel acontecimiento se difundió en la ciudad como por encanto, y el terror se apoderó de todos sus habitantes.

El solo nombre de los piratas infundía pavor a muy largas distancias.


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