Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Y podemos contar con vos?

—Creo que habrán dicho a vuestra merced que sí, que puede contarse conmigo a vida y muerte.

—¿Entonces, estáis listo?

—Listo.

—¿Qué os falta?

—Dinero.

—Esta tarde le tendréis; ocurrid al Colegio de San Gregorio y preguntad por el padre procurador.

—¿Es vuestra merced?

—Sí.

—Pues no faltaré, adiós.

Separóse don Guillén y el padre Lozada volvió a entrar a donde le esperaban don Lope y su compañero.

—La suerte está echada —exclamó luego que estuvo dentro—, esta noche.

—Si Dios lo permite —interrumpió don Lope.

En este momento subió de la calle un rumor sordo como el que produce el mar encrespado.

—Algo extraño pasa en la calle —exclamó el padre lanzándose al balcón.

—En efecto —dijo don Lope siguiéndole.

La Calle del Reloj presentaba un aspecto extraño.

De la plaza mayor venía una gran multitud de gente, que hablaba, que gritaba, que corría, que se detenía, que ondulaba.


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