Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Entre tanto mi único temor es que lleguen tropas de España —dijo don Gonzalo.

—Ese caso está previsto, porque las naves francesas enviadas por la reina custodiarán la entrada del puerto y no entrarán las de España.

—Perfectamente: yo fundo mi esperanza en que los agentes de S. M. han trabajado con tesón, y que el dinero no falta hasta hoy —dijo don Gonzalo.

—Ni faltará —agregó don Lope.

Un lacayo anunció a este tiempo que un caballero deseaba hablar con el padre Lozada.

—Voy con permiso de vuestras mercedes —dijo el padre y salió de la estancia.

En la antesala esperaba un personaje conocido ya, era el Señorito.

El padre Lozada saludó, y el recién llegado contestó ceremoniosamente.

—Supongo —le dijo el padre— que sabréis el objeto con que os he hecho llamar.

—Sí, señor.

—Bien, pues se trata de dar esta noche el grito, «México por doña María Ana de Austria».

—De todo estoy informado.

—Y para eso se hace necesario contar con el mayor número posible de gente, y tengo noticias de que vos tenéis mucho ascendiente en la plebe.

—Un tanto, padre.


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