Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿No está de acuerdo, el virrey? —preguntó don Gonzalo.
—Sà que lo está, según me escribe el marqués de San Vicente —contestó el padre— pero la audiencia pudiera muy bien causar un trastorno y dar con el mismo virrey en tierra, que desde el tumulto contra el virrey marqués de Gelves, la audiencia se cree más que el virrey mismo.
—Tiene razón vuestra merced, y opino —dijo don Gonzalo— que si es posible esta misma noche se haga todo: ¿está todo listo?
—Sà —dijo don Lope— y si lo creéis prudente se hará, que sólo falta avisar el dÃa y hablar a don Guillén, que cuenta con mucha gente de armas.
—Pues no perdáis el tiempo, porque un accidente cualquiera puede causar un trastorno —replicó don Gonzalo.
—Previendo eso he enviado a decir a don Guillén que le aguardo aquà —contestó el padre Lozada— y no tardará: esta noche debe darse el golpe, procediéndose ante todo a la prisión de los oidores, en las provincias nos secundarán luego, porque tenemos por todas partes amigos y partidarios; el virrey, según lo que S. M. doña MarÃa Ana de Austria nos dice, debe ayudarnos y continuar en el gobierno mientras llega el señor don Fernando de Valenzuela, que tomará la regencia del reino hasta que venga S. M.