Las dos emparedadas

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—Trátase sólo de nombrar a vuestra merced —dijo el padre Lozada— juez en una cuestión, en la que la juventud aconsejaba la calma, y la vejez predicaba el arrojo.

—Escucharé a vuestras mercedes para fallar —dijo don Gonzalo sentándose.

—Es el caso —continuó el padre— que como vuestra merced sabe, nuestros trabajos están muy adelantados; contamos con dinero, con armas, con muchos y buenos partidarios; los navíos franceses y holandeses con buena gente de desembarco están ya a inmediaciones de la Veracruz; don Lope ha recibido carta de la reina nuestra señora doña Ana de Austria, en que culpa nuestra negligencia; creo que es llegado el momento de dar el grito, sin esperar la llegada del señor marqués de San Vicente, que según sabe vuestra merced viene en comisión de Su Majestad la reina.

—Y yo opino —dijo don Lope— que preciso se hace esperar al marqués, porque él debe decirnos si la nao de Filipinas debe traer a Nueva España a don Fernando de Valenzuela o si él viene en algún otro navío.

—En efecto —replicó don Gonzalo— prudente sería esperar la llegada del marqués, para ver lo que dice S. M. doña María Ana de Austria.

—Y entre tanto —confesó don Lope— puede descubrirse algo.


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