Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Era éste un hombre ya de avanzada edad, y desde luego se conocía que era un amigo de mucha confianza en aquella casa.

—Creo que no debe hacerse nada por ahora —decía don Lope— hasta que llegue a esta corte el marqués de San Vicente.

—No estoy conforme con vuestra merced —contestó el padre— la llegada del marqués puede infundir serias alarmas en la audiencia y ponernos muy grandes dificultades; los oidores no son de nuestro partido y quizá trastornen nuestros planes.

—Desearía oír en esto la importante opinión de don Gonzalo de Casaus, que debe llegar dentro de un momento.

—Y verá vuestra merced cómo es de mi misma opinión.

En este instante llamaron a la puerta y don Lope se adelantó a abrir.

Un viejo, vestido de terciopelo negro, con espadín al cinto y capa corta, se presentó en la estancia haciendo un saludo halagüeño.

—Bienvenido sea el señor don Gonzalo de Casaus, caballero y familiar del Santo Oficio —dijo el padre— que en estos momentos le necesitamos con urgencia.

—Mandarme puede el reverendo padre Lozada: ¿en qué puedo servir?


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