Las dos emparedadas

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IV

De lo que pasó en México el viernes 21 de mayo de 1683. Y de cómo los franceses pusieron en movimiento a toda la ciudad

En una de las calles del Reloj había por aquella época una casa que sin ser muy notable por la grandeza y elegancia de su arquitectura, llamaba la atención por la limpieza y cuidado que desde la fachada podía notarse.

En aquella casa vivía don Lope de Montemayor, hombre acaudalado, personaje distinguido y uno de los mexicanos más nobles y más considerados en la ciudad.

Don Lope vivía solo; sus padres habían muerto hacía algunos años, dejándolo como hijo único, dueño de una gran fortuna.

Montemayor tendría treinta y cinco años, revelaba vigor y juventud en su aspecto, no más que sus amigos habían notado que en los últimos años su carácter había cambiado, y en vez de buscar como antes la compañía y las diversiones, pasaba los días encerrado en su estancia leyendo o daba largos paseos a caballo por los alrededores de la ciudad.

Se creyó que alguna pasión oculta motivaba aquel cambio, pero como no se pudo averiguar nada, pronto los ociosos dejaron de ocuparse de su persona.

En la mañana del día 21 de mayo de 1683, don Lope conversaba en uno de los aposentos de su casa con un eclesiástico.


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