Las dos emparedadas

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—Quizá —dijo don Frutos— molestará ya a S. E. nuestra constante solicitud en el asunto del tan mentado marqués de San Vicente, pero séanos suficiente disculpa el celo que nos guía por el buen servicio de S. M. y por la paz y tranquilidad de estos reinos.

—De ninguna manera puede su señoría —contestó el virrey— molestar, atención que merece y muy cumplida, siempre y principalmente en los negocios que atañen al real servicio; ¿qué tiene que decirme vuestra señoría?

—Mi compañero el licenciado don Martín de Solís y yo —continuó don Frutos— hemos sabido que avanza en su camino para la ciudad el susodicho marqués de San Vicente, y veníamos a suplicar a V. E. que se tomara en tan grave negocio, una como se requiere grave providencia.

—Supuesto que lo exigen así —agregó don Martín— el sagrado deber en que está V. E. de velar por la paz de los dominios del rey nuestro señor (Q.D.G.) y el que a nosotros nos impone nuestro oficio de ayudar a V. E. en tan delicada misión.



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