Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Los oidores y todos los de su partido pretendían que supuesto que el marqués de San Vicente no había enviado sus papeles, debía procederse inmediatamente a su aprehensión para impedir que se fuese a causar un trastorno en los dominios de S. M.
Los partidarios y defensores del de San Vicente, por el contrario, sostenían que pues con tanta franqueza se internaba el marqués, en orden debía traer sus papeles y nombramientos, que de no ser así, recatado se habría, y concluían diciendo que el de San Vicente necesitaba ser tratado con todas las consideraciones y respetos dignos de su elevado carácter.
Naturalmente el centro a donde venían a chocar todas las exigencias y todas las fuerzas puestas en juego, era el virrey, que procuraba en vano dejar desapercibidas estas voces, porque unos y otros acudían a palacio diariamente y a todas horas a suplicarle, a urgirle y hasta amenazarle con Su Majestad.
Contábanse entre los más exaltados perseguidores del marqués de San Vicente, los oidores don Frutos Delgado y don Martín de Solís.
Los dos se presentaron al virrey una mañana, la víspera de la llegada de los correos que anunciaron el desembarco de los piratas en Veracruz.
El virrey se encerró con ellos en una estancia.