Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Obrad, obrad con actividad, con discreción y con sigilo: nada sabré nunca, pero haced de manera que no me pongáis en un conflicto porque en ese caso tendré que arrostrar por todo: yo no quiero oponerme a lo que vosotros meditáis, pero tampoco consentiré en ser la vÃctima de vuestra imprudencia o de vuestra torpeza, nada más tenéis que preguntarme ¿entendéis?
—Demasiado, señor.
Aquello equivalÃa a una despedida: don Lope se levantó, se despidió del virrey y salió de la estancia.
—Por vida mÃa —exclamó el virrey cuando se encontró solo— éste es un juego peligroso; lo que me importa es no perder la cabeza, para no perder la partida y triunfar con el que triunfe; ni tengo fuerza para oponerme, ni voluntad para ayudar: Dios dispondrá lo que fuere de su agrado.
Y tocando una campanilla de plata que habÃa sobre la mesa, hizo llamar a su secretario y comenzó su despacho del dÃa.