Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo el Señorito entró a la casa de doña Inés, y de lo que allí concertó con ella
No faltó doña Inés a su promesa, y don Guillén recibió de sus manos una plancha de cera en la que la dama había estampado la figura de la llave, que necesitaba el Señorito para entrar a la casa.
Aquella llave no era por cierto de una forma muy particular, y en aquel mismo día, sin necesidad de mandar hacer una a propósito, don Guillén encontró entre los muchos truhanes con quienes cultivaba buenas relaciones, una ganzúa a propósito.
En la noche, la entregó a doña Inés, y como ni el uno ni la otra querían perder el tiempo, acordaron verse en la misma noche, para lo cual doña Inés abriría la puerta a las doce y el galán llegaría a la misma hora.
En aquella primera cita pensaba don Guillén acabar de ganarse la confianza de la dama y averiguar por medio de ella indirectamente cuál era la situación de la casa en el interior, cuál el número de los sirvientes; adónde dormían, y en fin, todo lo necesario para consumar su obra.
Doña Inés, por su parte, tenía ya deseos de una aventura amorosa; desde su vuelta de España había visto pasar sus años entregada sólo a los dulces recuerdos de su vida en Madrid y mirando llegar la vejez, que debía apartarla para siempre de los placeres.