Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Por eso con tanta facilidad acogió los amores de don Guillén. Las mujeres que corren el último período de la juventud, y sobre todo, cuando han sido muy galanteadas en la primavera de su vida, son como el hombre a quien arrebatan las aguas de un río; se aferran a la primera mano que se les tiende, con tanta avidez como gratitud. En ese estado las mujeres aman con todas las fuerzas de su alma; porque piensan que es el último amor de su vida, se entregan completamente a él y no quieren perder ni un instante en el tiempo, ni un pensamiento en la pasión.
Esto era lo que sucedía a doña Inés, y por eso se había apasionado del Señorito, no realmente porque éste lo mereciese, sino porque lo mismo habría hecho ella con cualquiera otro que la hubiera declarado sus amorosos deseos.
Es casi seguro que las mujeres cuando no son casadas pasan por dos épocas en las que sienten una irresistible necesidad de amor; en los dos crepúsculos de la juventud, al comenzar y al terminar esa feliz edad.
Una niña que comienza a ser joven, y una joven que comienza a ser vieja, ven amor, ilusión y deseo en cuantos hombres encuentran, con tal que los consideren capaces de amar.
Por eso vemos jovencitas que se apasionan de hombres que pudieran ser sus padres y jamonas enamoradas de adolescentes que pueden ser sus hijos.