Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Inés esperaba la media noche con una inquietud como la que sintió en su primer amor.
El marqués de RÃo Florido se encerró en su aposento; toda la servidumbre dormÃa tranquila; la casa estaba en el mayor silencio y en la más completa oscuridad; sólo doña Inés velaba en su aposento mirando con impaciencia las agujas del reloj.
Las aguas del canal que cruzaba a la espalda de la casa de doña Inés se deslizaban tranquilas y mansas en la oscuridad, sin producir el más ligero murmullo; en las márgenes de aquel canal no se veÃa ni una luz, todo estaba perfectamente tranquilo.
De repente un rumor apenas perceptible se sintió en las aguas y como una fantasma negra apareció en el canal una de esas canoas pequeñas que los indÃgenas llaman chalupas.
Dos hombres iban dentro de ella; los dos de pie: era el uno un remero, vestido con un ancho calzón y una camisa blanca, y con un pequeño sombrero de palma, el otro era un hombre embozado en una capa negra y con un ancho sombrero negro también.
Los dos parecÃan muy acostumbrados a navegar en chalupas, porque conservaban con extraordinaria facilidad el equilibrio en aquella peligrosa embarcación en que hay tanta facilidad de perderlo.