Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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La chalupa seguía la marcha de la corriente, y el remero no tenía más que hacerle conservar la buena dirección introduciendo de cuando en cuando al agua la pala que le servía de remo, sin producir el más leve rumor.

Aquella canoa misteriosa tenía algo de fantástico; de seguro que si algún vecino hubiera estado en su ventana y la hubiera visto pasar, se habría retirado inmediatamente haciendo la señal de la cruz y teniendo la convicción de que había visto una alma en pena.

Daban las doce de la noche, y el eco lejano y triste de la campana del reloj de palacio, venía como un gemido deslizándose sobre los techos de la dormida ciudad.

—Aquí —dijo el embozado de la chalupa.

El remero imprimió un movimiento de costado a la pequeña embarcación que obedeció ligera, y como una abeja que se clava rápidamente en el cáliz de una rosa, la chalupa llegó hasta el pie de una pequeña escalinata que había delante de una ancha y vieja puerta.

En aquel mismo instante se escuchó el ruido de una llave que jugaba con precaución dentro de la chapa de aquella puerta.

El embozado saltó ligeramente de la chalupa y subió los tres escalones que le separaban de la puerta, a tiempo que ésta se abría.

—Don Guillén —dijo una voz de mujer.


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