Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Amor mío! —contestó el hombre.
Don Guillén entró y la puerta volvió a cerrarse; el remero saltó a tierra, sacó del agua la pequeña canoa, la puso cuidadosamente en la rivera, y seguro como estaba de que nadie vendría a molestarle porque por allí nadie podía pasar, se acostó tranquilamente dentro de ella, se cubrió el rostro con el sombrero y comenzó a dormir.
Don Guillén había entrado a uno de esos grandes patios que hasta hoy día vemos en las márgenes de ese canal.
Elevadas tapias lo rodeaban; en uno de los lados había un gran depósito de leña, expuesto a la intemperie; en el otro un gran portal, debajo del cual se colocaban carbón, paja o cualquiera otra cosa que pretendía tenerse a cubierto.
Estos patios eran y aún son una especie de puertas de depósito particulares.
El piso estaba lleno de fango, y en algunas partes de agua, en la que cantaban alegremente los sapos y las ranas.
Doña Inés condujo cuidadosamente a don Guillén hasta debajo del cobertizo, y se sentó a su lado sobre unas grandes planchas de madera que estaban allí depositadas.