Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Por fin, InĂ©s mĂa —dijo don GuillĂ©n— puedo verte a mi lado, y libre de testigos importunos estrecharte feliz entre mis brazos y decirte que te amo.
—SĂ, GuillĂ©n, ya estoy a tu lado; ya no puedes dudar de mi amor, ya no puedes echarme en cara que otros en España han sido más felices que tĂş.
—PerdĂłname, mi vida, pero tenĂa celos del pasado.
—¡Celos! ay, GuillĂ©n, todo eso que fue se ha perdido ya hasta en mi memoria, ÂżcĂłmo amándote a ti podĂa recordarlo?
—No, InĂ©s, no temĂa que tĂş lo recordaras, sentĂa en mi corazĂłn celos, envidia, porque creĂa que a otros habĂas amado más que a mĂ; que a otros habĂas concedido más favor.
—Nadie ha sido dueño de mi corazón como tú, nadie como tú ha dominado mi alma.
—¿Es verdad?
—Te lo juro.
—¿Es decir que a nadie has amado en el mundo?
—Guillén, a ti no te quiero engañar, para ti no quiero tener secretos, y por eso voy a confesarte la verdad; he amado a otro hombre antes que a ti: le amé con delirio, pero él me engañó, no supo corresponder a mi pasión, y aquel amor se trocó en odio, y juré vengarme, y me vengué, Guillén, me vengué…