Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y quién era ese hombre? —preguntó don Guillén fingiendo que aquella revelación le conmovÃa— ¿su nombre será para mà un secreto, doña Inés?
—Para ti no tengo, no quiero tener secretos, ese hombre se llama don Fernando de Valenzuela.
—¡Valenzuela! —exclamó entonces verdaderamente admirado el Señorito— ¿Valenzuela, el amante o favorito de la reina?
—El mismo.
—¿Ese que ahora está desterrado en Filipinas?
—SÃ.
—¿Ese en cuyo favor conspiran aquÃ…?
—¿Conspiran? —exclamó doña Inés irguiéndose violentamente.
—Es decir, cuentan que conspiran —contestó don Guillén conociendo que habÃa cometido una ligereza imperdonable tratando de disimular.
Pero doña Inés tenÃa una admirable penetración, y no se le escapó que su amante se habÃa turbado.
Una idea luminosa habÃa cruzado por su cerebro, y con su fácil y rápida concepción, calculó inmediatamente que en México habÃa una conspiración en favor de Valenzuela; que esta conspiración debÃa estar fomentada y protegida por la reina madre; que descubrirla serÃa un gran servicio hecho a Carlos II y que tal vez esto la volverÃa a abrir las puertas de la corte.