Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Tan pronto?

—Es preciso tener prudencia.

—¡Dices bien! me voy —adiós, luz de mi corazón—, ¿puedo venir mañana?

—Sí, ven.

—Adiós.

Doña Inés acompañó a don Guillén hasta la puerta, cerró inmediatamente y se retiró a su aposento.

El Señorito despertó al remero que dormía, volvieron a botar su chalupa al agua, saltaron en ella y se alejaron.

—Quizá sea esto el principio de mi fortuna —pensaba don Guillén— de lo otro nada se adelantó, pero veremos mañana: no se ganó Zamora en una hora.

La dama se había encerrado en su recámara, y no pensaba siquiera en dormir. Como por encanto, habían vuelto a reaparecer ante sus ojos todos los cuadros que en un tiempo habían formado sus más gratas ilusiones.

Descubrir una gran conspiración próxima a estallar, salvar al rey uno de sus más ricos dominios, hacer a su monarquía servicio de tal importancia, era volver a la gracia de Carlos II, era figurar nuevamente en la corte, era revivir, rejuvenecer.

Y en todo esto, la venganza completamente satisfecha, el golpe de gracia a la reina y a Valenzuela.

¿Y el de Alburquerque que la había abandonado?


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