Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Aquella empresa tenÃa para el fogoso corazón de doña Inés mil alicientes.
—El porvenir me abre sus puertas —pensaba don Guillén— será mi ángel salvador, y yo le haré poderoso. En España reina un hombre, no una mujer: ese hombre ha sido mi amante, yo quiero ser para él lo que fui en un tiempo, y lo seré aunque nos separe el océano, porque haré llegar mi nombre hasta su trono. ¿Por qué no he de ser para Carlos II lo que Valenzuela para doña MarÃa Ana? ya lo veremos.