Las dos emparedadas

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VIII

Cómo la Apipizca dijo a don Guillén lo que contra él tramaba la canalla

Marta la Apipizca, había obedecido ciegamente a don Guillén y estaba al servicio de doña Inés.

El aspecto simpático de la muchacha, el aire de inocencia que tan bien sabía tomar y el aseo con que iba vestida, interesaron vivamente a doña Inés, y la admitió en su casa.

En esto hubo mucho de fortuna para la Apipizca, pero fortuna que nada tenía de extraña, supuestas las perversas intenciones que abrigaba, porque realmente sucede en el mundo que el hombre que procura entrar al servicio de alguna persona, si no lleva más objeto que el de ganar honradamente su pan, encuentra mil y mil tropiezos, al paso que el que con torcidas miras pretende lo mismo, halla todo a medida de su deseo.

La noche que siguió a la primera cita de don Guillén y doña Inés, el joven entró como de costumbre a la tertulia del marqués de Río Florido.

Aquel era el primer día que Marta estaba en la casa, y don Guillén se la encontró al subir la escalera.

—Necesito hablaros —dijo la joven cuando el Señorito pasó a su lado.

—Mañana al medio día en mi casa —contestó el Señorito sin volver siquiera la cabeza.


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