Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Aquella noche la tertulia estuvo como siempre, fría. Desanimadas conversaciones, sabiamente insulsas, entre el inquisidor y el mercedario; alabanzas de algunos santos milagrosos por la beata; miradas incendiarias y de inteligencia entre los amantes; frases de doble sentido que ellos solos comprendían.

Sonó la hora y cada cual a su casa.

Doña Inés esperó a don Guillén como de costumbre a la hora en que salía.

—No vengas esta noche —le dijo.

—¿Por qué? —preguntó el joven.

—Porque hay alarma en la ciudad y temo que te suceda algo.

—No importa.

—Yo te lo ruego; no vengas; mañana nos veremos.

—Como tú lo mandes.

—¿Has avanzado algo en lo de la conspiración?

—Nada.

—Pues procura mañana traerme buenas noticias.

—Las tendrás; adiós, mi vida.

—Adiós, mi dueño.

Don Guillén salió y en la escalera encontró a Marta.

—No dejéis de esperarme —le dijo la muchacha— importa mucho lo que tengo que deciros.

—¿De qué se trata?

—Es negocio largo, esperadme mañana.


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