Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Una sospecha vino a herir a don Fernando; le pareció a fuerza de esforzar su memoria que había recordado a quién pertenecía aquella voz, y con el objeto de salir de aquella duda volvió a la casa del astrólogo.

Penetró en ella con más confianza; hizo seña al esclavo negro y volvió a encontrarse frente a frente del fingido anciano.

—¿Qué queréis joven? —preguntó el viejo adelantándose a su encuentro majestuosamente.

En este instante Valenzuela sintió la certidumbre de lo que había sido para él una sospecha y lanzándose sobre el astrólogo de un jalón le arrancó la barba exclamando:

—Eres don Antonio de Benavides.

Benavides, pues era él, retrocedió, sorprendido al principio, y luego echó mano de una rica daga que llevaba en el cinto y se arrojó sobre don Fernando.

El joven esperaba ya el ataque, y a pie firme con el estoque en la mano recibió a su enfurecido adversario.

—Tente, don Antonio —decía con calma Valenzuela— que no quiera Dios Nuestro Señor que llegue yo a herirte por causa que tanto no merece. Tente, te ruego.

—¿Leve causa te parece? —dijo Benavides, conteniéndose más que por las razones por el estoque de Valenzuela— ¿leve causa te parece cuando has puesto tu mano en mi faz?


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