Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Perdóname, que ignoraba que fuera faz esa fingida barba con que te ocultabas.

—Tanto da.

—Sosiégate y hablemos, que si tu faz he tocado, que lo niego, hazme burlado con el horóscopo, y no sólo a mí sino a muchos de los principales de la corte, y no andarían tarde en vengarse si lo supieran, qué secretos debes haber descubierto, más que un confesor, que no estarán seguros mientras tengas la lengua dentro de la boca.

—Por lo mismo debes de calcular que de morir tiene aquí uno de nosotros, o tú para que nadie sepa lo que aquí ha pasado, o yo para que aún en el caso de sabido, en nada me corra perjuicio.

—Sea como lo deseas —contestó Valenzuela— que más insistir, prueba fuera de mi debilidad y no de mi prudencia; pero debo advertirte que no gusto llevar ventaja; quitar puedes esa túnica que estorba los libres movimientos, y tomar un estoque que las armas, iguales, parecen argüir nobleza en el combate.

—Es razón —dijo Benavides, y con gran precipitación se quitó la túnica quedando sólo con calzas, gregüesco y una especie de almilla ligera.

Tomó luego una espada que en uno de los ángulos del aposento había, y desnudándola se adelantó garbosamente contra don Fernando.

Las dos espadas se tocaron, comenzó el combate.


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