Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La luz de la lámpara bañaba a los dos adversarios.
Benavides atacaba con furor, Valenzuela con la mayor sangre fría, estaba sólo a la defensiva, sin tirar golpe y sin aprovecharse de los muchos descuidos de su contrario.
Benavides estaba fatigado y comenzaba a padecer, cuando una puerta secreta que había en el aposento se abrió repentinamente.
Benavides y don Fernando volvieron el rostro, y la severa figura del padre Nitardo, destacándose sobre el claro de la puerta, los hizo bajar los estoques y quedar inmóviles.
El padre Nitardo silenciosamente se dirigió a la entrada que comunicaba el aposento; con el que ocupaba el esclavo negro, cerró la puerta, corrió un gran cerrojo y vino a pararse en medio de los dos jóvenes que le miraron con asombro.
—¡Guardad esos estoques! —dijo el jesuita.
Don Fernando y Benavides obedecieron sin replicar.
—Soldados de la misma bandera —continuó el padre— servidores de la misma causa, trabajadores de la misma viña, ¿osáis hacer armas el uno contra el otro?
Valenzuela como más audaz, quiso contestar.
—Señor…