Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Callad —dijo el padre— atentáis el uno contra la vida del otro y esas vidas pertenecen a Su Majestad, y la muerte de alguno de vosotros sería además de un homicidio un robo hecho a la reina Nuestra Señora… Nada quiero saber de lo que aquí ha pasado; pero os prohíbo en lo adelante volver a reñir.

—Sí, señor —murmuraron los dos jóvenes, subyugados por la autoridad de aquel hombre.

—Don Antonio de Benavides: mirad en don Fernando de Valenzuela, un hombre a quien debéis ayudar en todo. Es ya uno de los brazos más fuertes de la causa de S. M. y debemos sacrificar en esa causa nuestros afectos y nuestros rencores.

—Ningún rencor guardo a don Fernando —dijo Benavides.

—Ni yo a don Antonio —agregó Valenzuela tendiéndole una mano.

Don Antonio la estrechó con franqueza.

—Bien, hijos míos —dijo el padre Nitardo— ahora quiero hablar a solas con Valenzuela, esperadme afuera un momento, don Antonio.

Valenzuela y el padre Nitardo quedaron solos.

—¿Conocíais de antemano a Benavides? —preguntó el jesuita.

—Sí, señor —contestó Valenzuela— conocíle de niño en Ronda y hemos tenido grande amistad.


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