Las dos emparedadas

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—No, su señoría puede quedarse, que no creo que el asunto que a esa dama le obliga a venir sea tan reservado que no pueda oírle su señoría; y en todo caso, ella nos dirá si la presencia aquí de su señoría le impide hablar o si el negocio que trae puede ser escuchado por su señoría.

Don Frutos iba a contestar, pero se abrió la puerta y la dama penetró en la estancia.

—Permítame V. E. —dijo después de saludar— que me descubra, porque no tengo razón de ocultarme ante la discreción de V. E. y del señor oidor.

La dama se descubrió y el oidor y el virrey pudieron ver a doña Inés de Medina, a quien conocían los dos con anticipación.

—Tome asiento vuestra merced, señora —la dijo el virrey cortésmente— y dígame ante todo si será obstáculo la presencia aquí del señor oidor para que diga el negocio que la trae aquí.

—No sólo no es obstáculo —contestó doña Inés— sino que me será muy agradable que su señoría se entere también de ese negocio.

—Agradezco —contestó el oidor saludando.

—Hable vuestra merced, señora —dijo el virrey.


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