Las dos emparedadas
Las dos emparedadas HabĂan comenzado ya a salir tropas para la Veracruz, y los oidores don Frutos Delgado y don MartĂn de SolĂs habĂan conducido al camino las primeras columnas.
El marquĂ©s de la Laguna, virrey de MĂ©xico, se habĂa convertido en un general en jefe, y la ciudad en un campamento; pero habĂa tanta animaciĂłn y tantos preparativos marciales como si se estuviera en vĂspera de dar una gran batalla.
Sin embargo, todo aquello no era más que aparato, y el mismo don Frutos Delgado volvĂa aquella noche a dormir a la ciudad y en su casa; y estaba, en los momentos en que la dama llegĂł a palacio, hablando con el virrey en su cámara cuando entrĂł un empleado de la secretarĂa y dijo al marquĂ©s de la Laguna:
—Señor, una dama encubierta desea hablar a V. E.
—Sà —contestó el virrey— será la misma que por medio de una esquela me ha pedido una audiencia para esta noche.
—Creo que ella debe ser.
—Que pase —contestó el virrey.
—Me retiro —dijo el oidor poniéndose en pie.