Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Cómo don Lope logró hablar con el preso y lo que arregló en la cárcel
Aún hablaba el virrey con los oidores cuando se presentó don Frutos.
—Perdóneme V. E. —dijo— le esperaba cuando recordé que un negocio grave me llamaba en mi casa y quise ir en un momento, esperando volver al punto.
—Creía yo que su señoría no había salido de palacio —contestó el virrey intencionalmente.
—Sí, señor —dijo algo turbado el oidor— fui a mi casa.
—Pues ya nos retiramos —dijeron don Martín Delgado y sus compañeros levantándose.
—En tal caso, yo también, que la noche está muy avanzada y S. E. querrá descansar —agregó don Frutos.
El virrey calló, los oidores se despidieron y el virrey les acompañó hasta la puerta.
—Vamos, por fin —dijo entrando donde le esperaba don Lope.
—Cuando quiera V. E. —contestó el caballero.
Don Frutos entre tanto salía a la calle restregándose alegremente las manos.
—¿Qué hubo, señor oidor? —preguntó don Martín.