Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—En orden.

—¿Y en dónde están ellos?

—Existen en las cajas que me han sido embargadas al tomarme preso.

—¿Y no hay allí nada que pueda comprometer a vuestra merced?

—Nada hay más que los papeles que me pueden salvar.

—¿Y aquí en México no tiene vuestra merced relaciones ni amistad con S. E. el virrey o con algunos caballeros?

Don Antonio comprendió, con esa malicia instintiva de todos los reos, que aquel hombre no le hablaba de buena fe, y con la mayor naturalidad le contestó:

—¡Ojalá! que si tal tuviese, quizá no habría pasado por esta amargura.

—Pues desde hoy cuenta vuestra merced conmigo, pero guarde en esto mucho secreto y sobre todo, con el virrey; las cosas están muy delicadas, me perdería sin salvarse; yo volveré; por ahora adiós.

El oidor volvió a salir fingiendo que se recataba.


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